Capítulo IV
OFRECER EL CORAZÓN
Pero, ¿qué tuvo tan especial Andrés Coindre?, ¿por qué creemos y afirmamos la santidad de su vida? Mucho hay escrito ya y publicado sobre la vida de nuestro fundador y no quiero ser reiterativo. Especialmente recomiendo los cuadernos publicados con ocasión del Bicentenario del Instituto1. Quien tenga la posibilidad de leer estos siete textos se encontrará con un Andrés Coindre real, cercano, encarnado en su tiempo… y santo, muy santo. Pero, para aquellos que no hayan leído aún nada de él o tengan nociones muy vagas, es preciso mencionar al menos lo esencial.
En el año 2017, en Colombia, durante la Sesión Internacional del Carisma de América Latina y España, escuché por primera vez al Hermano Javier Marquínez explicar el origen de nuestro carisma. Quedé impactado: en lugar de deshacerse en elogios sobre el fundador y “pintar su retrato” para nosotros, describió vivamente el contexto de su vida, no sólo en términos sociales y económicos (guerra, pobreza, hambre…) sino, sobre todo, en términos culturales y filosóficos (ilustración, racionalismo, anticlericalismo…). Por simple contraposición la imagen de Andrés Coindre apareció imponente ante nuestros ojos. Al pintar el fondo emergió la figura.
Con claridad vimos cómo el movimiento filosófico de la ilustración devino en una revolución política que hizo un esfuerzo sistemático por eliminar al Dios cristiano y a su Iglesia del horizonte de los hombres. Vimos a la “diosa razón” entronizada en lugar del Crucificado. Vimos un mundo privado de la misericordia y compasión que sólo un Dios con corazón puede brindar. Vimos una Francia partida al medio, exhausta y empapada de sangre. Vimos niños huérfanos y pobres, sin familia ni Dios, abandonados en un sistema penitenciario insensible. Vimos jóvenes sin futuro ni esperanza en las ciudades y en los pueblos… Y entonces, sólo entonces, lo vimos a él, a Andrés Coindre, de pie en medio de tanta tragedia, con la bandera del Corazón de Jesús en la mano y encendido de amor.
Cada vez que pienso en nuestro fundador viene a mi mente la primera estrofa de una canción del cantautor argentino Fito Páez:
¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
¡Tanta sangre que se llevó el río!
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Frente a estas realidades Andrés no se quedó al margen, ofreció su corazón y, lo más importante, ofreció el Corazón de Jesús. Quiso poner misericordia divina en medio de la miseria humana. A decir del Hermano Javier Marquínez: “quiso poner de nuevo a Dios en el horizonte de los hombres”.
Pero no le alcanzaba con hablar del amor divino, lo que en sí ya hubiera sido muy bueno y santo, sino que necesitaba trabajar en lo concreto, bajar al barro, a la trinchera… Andrés hubiera estado de acuerdo con estas palabras del Papa Francisco en su homilía del 5 de febrero de 2015:
Ésta es la misión de la Iglesia: la Iglesia que sana, que cura. Algunas veces, he hablado de la Iglesia como hospital de campaña. Es verdad: ¡cuántos heridos hay, cuántos heridos! ¡Cuánta gente necesita que sus heridas sean curadas! Ésta es la misión de la Iglesia: curar las heridas del corazón, abrir puertas, liberar, decir que Dios es bueno, que Dios perdona todo, que Dios es Padre, que Dios es tierno, que Dios nos espera siempre.
Entonces la caridad de Andrés Coindre se hizo concreta y aquel hombre de brillante futuro eclesiástico decidió bajar del púlpito para ir a las misiones, a los pueblos, a las cárceles, a las niñas y niños de la calle… Ese ardor contagió a otros y así nació la Pía Unión al Sagrado Corazón de Jesús en 1816, un grupo de señoritas laicas que fue la base para la fundación de las Damas de los Sagrados Corazones de Jesús y de María en 1818; seguida por los Hermanos de los Sagrados Corazones de Jesús y de María en 1821 y, finalmente, los Misioneros del Sagrado Corazón en 1822 en Monistrol. Todo tenía que ver con el Corazón, todo hablaba de misericordia. Andrés recibió de Dios un llamado a la santidad y él lo concretó por un camino múltiple: desarrolló una respuesta específica para cada necesidad e invitó a muchas otras personas a sumarse.
¿Es difícil explicar una obra tan inmensa en sólo treinta y nueve años de vida? No, porque “el viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va y lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn 3, 8).